Lo bueno del infierno

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Este libro me ha llevado a escribir sobre el más antiguo de los temas, el castigo del fuego; y sobre ese premio de las llamas que son las palabras.

           De los grandes recreadores de infierno literarios, no de sus artífices de carme y hueso que han pululado en Rusia, Alemania, Estados Unidos, América Latina, Oceanía y África, me quedo con algunos momentos de William Shakespeare. Quedan pendientes para un próximo post, El matrimonio del cielo y del infierno del inglés William Blake; y El Diccionario del Diablo del norteamericano Ambrose Bierce. Si este escritor hoy tuviera 22 o 23 años, sería el próximo presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.  

William Shakespeare & Co.

Alguien sin salir de Dinamarca, donde anda rondando la muerte y el sueño, está perdido en un páramo de incertidumbres. Roguemos para que nadie se pierda en la tundra de las dudas más atroces.

Algunos, luego de naufragar, han hallado un valiente mundo nuevo. Hagamos votos para que en nuevos naufragios se encuentre algún mundo feliz.

Un alma en Escocia está enferma y delira. En esa perturbación, planea matar a su huésped mientras esté dormido; ya lo tiene todo planeado. Imploremos para que nadie llegue a ver sus manos manchadas de sangre.

No es cualquiera ese hombre que en Roma está a punto de ser apuñalado por su círculo de confianza. Habrá que rezar y mucho para que los traidores no utilicen tanta crueldad en sus puñales.

Atrás quedó Venecia y un capitán que, embriagado por los celos, está por enloquecer o ya ha enloquecido. Su pálida esposa es nueva y morirá inocente. Ojalá que nadie pruebe ese licor de la locura que son los celos.

Un soberano de Inglaterra se ha vuelto un monstruo sádico y maldito. Supliquemos con insistencia para que esto no le suceda a ningún soberano de la tierra.

Dos enamorados arden de amor en Verona y el fuego sufre en las antorchas. Pidamos al Cielo para que en este mundo nadie sufra el infierno del amor.