LA MATERIA OSCURA DEL BARRIO

El vecindario como una fuente de inspiración

En los tiempos coloniales de Buenos Aires, nuestro barrio era una zona de quintas y la actual avenida Córdoba era un gran zanjón peligroso, aunque se aplanaba en la intersección con el camino por donde las carretas iban hacia el norte. Ese era el Camino de las Tunas que, después de 1824, pasó a ser la calle Callao, pero los fantasmas siguen siendo los mismos de siempre. 

Viven serios y pálidos. Ante un temor
sonríen. Brindan afónicos, comen lo mínimo.
Los abriles y los agostos se muere alguno.
Esa tarde se agrandan, se asustan, se embriagan.
Esperan lluvias y nunca llueve. Quieren sol y llueve,
pero ven el arco iris. Tienen todo lo malo del cielo
y muy poco o nada de lo bueno del infierno.
Han ejercido todos los oficios del mundo. Han viajado
con tesoros y enseres valiosos; han trabajado joyas.
Cuando jóvenes eran inmortales
y luchaban contra las injusticias.
Hoy, un jacarandá en flor o una luna llena los emociona.
Saludan si los saludan, se asombran si los asombran.
Confunden rostros, nombres, lugares, fechas
y se atreven a confesar algún poema y en voz baja,
lo dicen de corazón o de memoria. Acaso una línea,
una sola línea, alcanza para que un verso los ilumine.
La materia oscura del barrio somos nosotros, los poetas.