ABECEDARIO FABULOSO

El año y el día menos pensado la gastronomía, que hizo plata con la tentación de la carne y la buena mesa, ha comenzado a pagar todas sus evasiones tributarias.

Hace muchos años me fue dado un libro de fábulas, acaso por haber caminado las páginas de Esopo, Samaniego y La Fontaine. Mi cuaderno comenzaba con las Abejas y las Arañas, y terminaba con la Zorra y la Zanahoria. Ese libro se sigue llamando Abecedario Fabuloso. La historia del gallo cantor y los gansos punitivos es una sátira posmoderna no indigna de los adultos mayores que viven en el campo.

Diariamente a las cinco de la mañana el gallo cantor despertaba a toda la granja con frenética puntualidad. La fauna dormilona y enojada, convocó a una asamblea con piquete y corte, acto al cual, por el correo de las cotorras, fueron avisados todos los animales, menos el despertador involuntario que los urgía a buscar una solución. El consejo regional de esa junta agropecuaria determinó dos medidas a tomar: la primera, serían los gansos quienes le pedirían al gallo que no cantara más; y la segunda, si éste seguía despertando a todo el mundo como de costumbre, terminar con la opereta liquidando al tenor. Fueron inteligentes los animales con la designación, ya que los gansos no sólo son bulliciosos sino bastante agresivos, violencia que está permitida desde que un granjero austriaco llamado Konrad Lorenz, le dedicó muchos años a la gansología. Así se llama la distracción de observar las costumbres y el comportamiento de los gansos. El granjero llegó a esta conclusión: <ningún ganso es culpable de su mala conducta>. Esta novedad fue publicada bajo el título “La agresión, ese pretendido mal”. Por esta y otras anotaciones, Konrad Lorenz en 1973 se ganó el premio mayor de la lotería sueca; lotería fundada por Alfred Nobel y legalmente autorizada.

           Avisado el gallo que tenía que terminar con su cantata del amanecer, los gansos con un aire autoritario se retiraron al rincón de su soberbia. Lo que había escuchado el lírico gallináceo había sido algo más que un aviso, había recibido una velada amenaza: Estimado señor Gallo, queda usted notificado que en esta granja se ha conformado un Ku Klux Klan, es decir, una sociedad secreta que ejercerá todo su poder contra la igualdad de derechos de los gallos cantores; por lo tanto, usted, avise a todos sus colegas de granjas vecinas que, si quieren cantar, lo podrán hacer, pero cerca del mediodía. A la mañana siguiente, con mayor fuerza y razón, todos los gallos cantaron a los cuatro vientos la persecución declarada. Con esta avanzada gremial los gansos se pusieron tan nerviosos que se atacaron entre ellos y tuvieron que consultar a un cisne psicólogo, quien como terapia de grupo los mandó de paseo. Evidentemente, era un profesional de la escuela lacaniana. Fue así como los gansos partieron de su granja –que estaba más o menos limpia– y no pararon hasta llegar a un basural. (Que Lacan y los psicoanalistas de Villa Freud me perdonen, pero un basural, ya sea emocional o geográfico, es un basural.) El ganso tesorero, al final del recorrido entre la mugre más cochina, graznaba diciendo que el pago de la consulta había sido plata tirada a la basura, aunque otro ganso graznó eufórico. En el geográfico basural había encontrado media página de un diario.  –¿Cuál es el motivo de tu euforia? –preguntó el histérico tesorero de los gansos. –¡Pues, aquí está la solución! –respondió mostrándole un pedazo del suplemento dominical de cocina del diario La Mansión. El tesorero se puso los lentes y leyó:

Receta del Gallo al Vino

          –¡Muy bien, por fin! –exclamaron los gansos al comprender el valor de la información encontrada. Fue así como limpiaron y recortaron los restos del periódico para llevárselo al granjero. Seguro que se iba a entusiasmar con la gastronomía, esa delicada mezcla de ciencia eterna con arte efímero que inventaron los franceses y que con el tiempo terminó siendo un vulgar comercio, negocio apto para todo tipo de audaces –con preeminencia de rufianes– que tuvieran ganas de lucrar con el apetito de los poderosos y la debilidad de los hambrientos.

            La receta sedujo al granjero y dispuso que la ciencia y el arte estuvieran al servicio de su mesa. Delante de todos sus animales domésticos leyó en voz alta la lista de ingredientes y mandó a su mujer a recolectar cuanto hacía falta para cocinar el gallo. Cuando el emplumado cantante vio venir el reluciente cuchillo de un nuevo gourmet, voló hacia la parte más alta de un álamo. El flamante, pero improvisado “Gato Dumas”, que ya había puesto a funcionar paladar y saliva imaginando el delicioso plato, se fue y reapareció con una escopeta y apretó el gatillo. Detrás del cañonazo cayó ruidosamente el gallo, quien ya desplumado y limpio de municiones fue cocinado a fuego lento con toda clase de verduras en un vino borgoña de costo más que prudente. El producto del arte culinario resultó exquisito y el patrón premió a los gansos punitivos con todas las migas y sobras del manjar. Durante la sobremesa, en un clima de paz digestiva y provechosa, el granjero le prometió a su mujer que cada domingo compraría La Mansión que revelaba los secretos de tanta felicidad. Para no ser menos que el felino cocinero antes citado, también destinaría un rincón de su granja para el cultivo de hierbas aromáticas. L. M., el diario de la derecha vernácula que nunca ha dejado de alquilar su tribuna y su doctrina, afirma que “las finas hierbas siempre son buenas y en toda comida son las que marcan la diferencia.”

          La fusión de cocinas y la confusión de salsas fueron las responsables de que el paladar del matrimonio de granjeros fuera perdiendo su llanura, su doña Petrona, su chimichurri y su guitarra al pie. De pronto, se alejaron del puchero, del caldo, de los churrascos y chinchulines; y lo que es peor, por culpa de la televisión carismática, empezaron a usar y abusar de porquerías enlatadas. Cambiaron las galletas de campo por galletitas integrales y el agua de pozo por agua mineral sin sodio. Desconfiando también del “Vino Fino” que tomaban, abandonaron el bote a remos de un Don Valentín, un Bianchi Borgoña o de un San Felipe, para navegar en los costosos yates de los vinos varietales. Tanta novedad dominguera les reveló el desconocido sabor de algunos frutos de mar, temporada marítima que terminó en la sala de guardia del hospital más cercano. Por otro lado, el impune periodismo de cebollas y sartenes, siguió entregando una dosis semanal de peligrosa información. Recetas y más recetas fueron causando un estrago de lágrimas y quejidos en los hogares de terneras y lechones, como también provocó un verdadero drama de huérfanos en las familias de las aves del monte. Y ni que hablar de la tragedia de plumas que se armó ese domingo que salió publicada la receta del foie gras. Los granjeros que escuchando a una cocinera francesa por radio aprendieron a hablar por la nariz para decir coq au vin, cordon blue, foie gras, se entusiasmaron y prepararon el paté con los hígados de una docena de gansos, cuyas plumas desde distintas almohadas y edredones cada tanto se escapan sólo para contar aquel revuelo.

Moraleja: Ojo con Lacan, ojo con Freud y ojo con tirar los diarios a la basura, más de alguien puede morir.